EN OCASIONES DIBUJO MIGUELONES


Si habéis visto "El sexto sentido" recordaréis aquella famosa frase del niño protagonista: "En ocasiones veo muertos". Pues bien, yo podría decir algo parecido, aunque bastante menos inquietante y seguramente mucho más friki:

En ocasiones dibujo Miguelones.

Bueno, siendo sinceros, no es que los dibuje en ocasiones. Los dibujo con una frecuencia que empieza a resultar sospechosa incluso para mí.

No sé exactamente cuándo comenzó esta fijación por Miguelón, el célebre Cráneo 5 de la Sima de los Huesos de Atapuerca. Probablemente empezó como empiezan tantas cosas relacionadas con la paleoantropología: intentando comprender mejor aquello que estaba observando. Hay una manera de mirar que consiste en dibujar. Cuando uno intenta trasladar al papel cada curva, cada sutura, cada relieve y cada asimetría, acaba descubriendo detalles que habían pasado desapercibidos durante horas de observación.

Al menos esa fue la excusa inicial.

Con el tiempo, sin embargo, el dibujo dejó de ser únicamente una herramienta de estudio. Se convirtió también en una forma de relajarme, de desconectar y, por qué no decirlo, de escaparme durante un rato a ese territorio mental donde las preocupaciones cotidianas desaparecen y solo quedan un lápiz, un cuaderno y un homínido de más de 400.000 años.

A lo largo de los años he dibujado a Miguelón de muchas maneras diferentes. Con lápiz, tinta, rotulador, bolígrafo y cualquier instrumento que tuviera a mano en ese momento. Lo he dibujado a partir de fotografías publicadas en libros, utilizando imágenes encontradas en internet, observando las fotografías que yo mismo tomé durante mis visitas al Museo de la Evolución Humana de Burgos o recurriendo a la réplica del cráneo que guardo en casa junto a los libros de Arsuaga y otros compañeros habituales de estantería.

El resultado ha sido, digámoslo suavemente, irregular.

Entre mis cuadernos conviven Miguelones aceptables con otros bastante dignos. Algunos incluso me parecen razonablemente buenos. También hay unos cuantos que podrían clasificarse en la categoría de "no está mal del todo". Y luego están los otros. Los chapuceros. Los fallidos. Los que parecen dibujados durante un terremoto. Los que uno contempla años después preguntándose qué demonios pretendía hacer aquel día.

Pero curiosamente les tengo cariño a todos.

Quizá porque nunca he buscado la perfección. De hecho, sospecho que la perfección me aburriría bastante. Lo que me interesa es capturar el gesto, la esencia, la impresión inmediata. Conseguir que unos pocos trazos hagan reconocible el motivo sin necesidad de reproducirlo con exactitud fotográfica. Que el dibujo funcione como una anotación visual, como una forma de registrar un instante concreto.

Porque al final cada dibujo conserva algo más que la imagen de Miguelón.

Cuando abro un cuaderno antiguo no solo veo un cráneo fósil. También recuerdo dónde estaba cuando lo dibujé, qué estaba leyendo en aquella época, qué lápiz utilizaba, cuánto tiempo dediqué a ese boceto o qué idea me rondaba por la cabeza mientras intentaba domesticar sobre el papel aquellos arcos superciliares tan característicos.

Supongo que por eso sigo dibujándolo.

Y probablemente seguiré haciéndolo.

Porque hay obsesiones que uno no intenta curar.

Simplemente aprende a convivir con ellas.

Y la mía, desde hace ya bastantes años, tiene forma de cráneo y responde al nombre de Miguelón.

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